¿Es China el “villano ambiental”?

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Mi artículo para el próximo número de Opinión Sur:

El último industrialista

Eduardo Remolins

Sólo el 1% de los 560 millones de personas que forman la población urbana de China puede respirar aire puro[1]. Aproximadamente 500 millones de personas en ese país carecen de acceso al agua potable y los niveles de contaminación del aire y el agua han contribuido a que el cáncer sea una de las principales causas de muerte.

Casi dos terceras partes de las necesidades energéticas chinas se cubren con la extracción y combustión de carbón, uno de sus recursos naturales más abundantes, pero también más contaminantes. Por el uso intensivo de ese mineral China pasó a ser en 2005 el mayor emisor global de dióxido de sulfuro, un tóxico responsable de enfermedades respiratorias y cardiovasculares como también de la caída de lluvia ácida en Corea del Sur y Japón.

Por supuesto, este panorama ambiental sombrío es la contracara de un crecimiento vertiginoso, que sostiene tasas de dos dígitos y que ha convertido a China en el mayor productor de bienes de consumo del mundo.

Mientras la población urbana sigue creciendo rápidamente, merced a las migraciones rurales, los efectos positivos y negativos del cambio se superponen. Millones de personas salen anualmente de la pobreza, mientras las desigualdades sociales se agudizan y los recursos naturales, especialmente el agua, tienden a agotarse o contaminarse.

¿No hay alternativa? El Gobierno Chino, como la mayoría de los gobiernos de países en procesos de desarrollo industrial, parece obligado a optar entre progreso y conservación del medio ambiente. Entre resignar velocidad en el despegue económico-social o resignar salud, calidad de vida y medio ambiente.

“Crezcamos primero”, fue el lema puesto en práctica desde hace treinta años, cuando despuntaban las reformas económicas de Deng Xiaoping. En realidad, argumentan con razón los chinos, ese fue el lema de todas las potencias económicas que tuvieron su desarrollo industrial entre los siglos XIX y XX. Ninguna (ni los EEUU, ni Japón, ni los grandes países europeos), crecieron sin dejar un pesado lastre ambiental al que le prestaron atención sólo más adelante.

El problema es que el tamaño y peso específico de China en la economía y el medio ambiente mundial hace que su experiencia no tenga precedentes. Su impacto es gigantesco y los tiempos del planeta se acortan cada vez más. Quizás los chinos, que llegan al desarrollo industrial más tarde que Europa y los EEUU, no puedan disfrutar del privilegio de crecer primero y ocuparse luego del medio ambiente. Al menos parece difícil que puedan seguir haciéndolo por mucho tiempo.

Sin embargo, si bien hay que reconocer que son las propias iniciativas ambientales del gobierno chino las que dan fe de la preocupación y atención que ha creado el problema ambiental, los resultados parecen aún parecen excesivamente magros, en relación a los desafíos.

Un problema con raíces muy viejas

Quizás no toda la culpa sea de los chinos. Posiblemente su caso sea sólo la manifestación cúlmine de un desajuste mucho más amplio en nuestra forma de organización social. La forma en que China ha buscado el desarrollo (exitosamente en numerosos aspectos), no es más que su propia versión de la vía inaugurada por occidente en la Revolución Industrial.

Nuestra civilización ha dado en los últimos siglos pasos gigantescos en la conquista de la naturaleza, siguiendo un método (científico, tenológico y económico), que los asiáticos no han hecho más que tomar y adaptar a su propia idiosincracia. Quizás la emergencia ambiental que sufre China no sólo sea responsabilidad de los chinos.

El problema parecería estar en la misma definición, ¿porqué hablamos de “conquista de la naturaleza”? Más allá de nuestra actual obsesión por ese ubicuo (y a veces poco definido) concepto de sostenibilidad, la realidad es que nuestra relación con el medio ambiente (con la naturaleza) ha sido por siglos una relación de conquista, en el sentido de sometimiento o dominio. La industrialización nunca incluyó la palabra “armónico” o “sustentable” en su diccionario.

El modo en que hemos planteado la relación entre progreso económico y medio ambiente es, inclusive, anterior a la Revolución Industrial. Sus raíces son aún más profundas y se encuentran asociadas, en mi opinión, al modo en que se desarrolló el progreso científico en occidente.

Desde la fundación misma del método científico, produjimos una separación tajante entre razón y materia, entre la mente y acción humanas y la naturaleza. Desde los albores mismos de la ciencia moderna se consolidó un paradigma, una visión del mundo, en la que, como decía Francis Bacon, a la naturaleza había que “esclavizarla” y “someterla a dar un servicio”. Eso hemos hecho desde entonces, con gran éxito por cierto. Sometimos y esclavizamos a la naturaleza, la obligamos a prestarnos un servicio. Pero aparentemente ha llegado el momento de pagar, aunque la cuenta nos parezca algo alta. Hemos encontrado los límites de un paradigma que nació hace años y que nos ha servido bien en muchos aspectos, pero cuya permanencia hoy amenaza nuestra propia existencia.

Lamento repetirlo, pero la culpa no parece ser sólo de los chinos.

Ellos sí podrían ser, en todo caso, el último gran episodio de industrialización acelerada “a la Bacon”, la última aplicación del sistema de crecimiento que supone al medio ambiente como un mecanismo que debe ser obligado a pagar un tributo. Quizás China esté cerrando una etapa, quizás sea “el último industrialista”.

Pero por necesidad tanto como por convicción, debería ir convirtiéndose al mismo tiempo, aunque gradualmente, en el primer experimento de un paradigma de desarrollo nuevo. No uno que niegue el desarrollo industrial o que postergue con resignación el ascenso social de sus centenares de millones de habitantes. Sino un paradigma que incorpore en sus propios supuestos básicos, en sus condiciones esenciales de funcionamiento, un equilibrio con el medio ambiente que ha estado ausente hasta este momento de los procesos de desarrollo.

Es relativamente más sencillo ser respetuoso del medio ambiente cuando el proceso de desarrollo ya tuvo lugar. Es cierto, el desafío que enfrentan los chinos es mayor: cuidar el ambiente mientras se crece… y rápido. Puede que no parezca sencillo, pero ¿nos quedan muchas opciones?


[1] Según un informe del Banco Mundial referido por The New York Times el 26 de Agosto de 2007.

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