250.000 kilómetros de recuerdos

Hace unos años me puse la meta de trabajar como consultor y viajar, viajar mucho. Me imaginaba en aviones y en distintas ciudades y países dando cursos y conferencias.

La idea de ser un consultor viajero me creció en la mente a comienzos de 2004, cuando yo salía de una experiencia traumática que había concluido con un fugaz y estresante paso por la política. Apenas renuncié a mi puesto decidí tomar distancia del ruido y de los medios de comunicación iniciando un viaje: un mes y medio con esposa e hijos, sin rumbo definido,  por las rutas de la Patagonia, parando donde queríamos por el tiempo que quisiésemos. Uno de los mejores viajes que he hecho en mi vida. Ese fue el primero de una etapa de mi vida que está terminando.

Hace pocos días que regresé de Honduras, donde estuve dictando clases sobre gestión de la innovación, y se me ocurrió hacer el cálculo. La verdad es que me he quedado sorprendido. Entre viajes en Sudamérica, Centroamérica y España este año recorrí casi 100.000 km. (96.850 para ser más exactos 🙂 ).  Como dice ese dicho tan citado últimamente: ten cuidado con lo que deseas, puede que se haga realidad 🙂

Sin embargo, más allá de las incontables anécdotas de retrasos de aviones, corridas para llegar al aeropuerto, combinaciones, dormidas en salas de embarque y taxistas que no llegan a buscarte, este año tuve el gusto de conocer o volver a:

Sevilla, España

Barcelona, España

Ambas ciudades a las que fui a presentar La Primera Venta y a las que, por razones personales o turísticas, hay que agregarle: Málaga, Córdoba, Granada, Marbella, Nerja, Gibraltar y Ronda.

Y a partir de Abril, en Latinoamérica y por ADEN estuve en:

San Salvador, El Salvador

Guatemala, Guatemala

Ciudad de Panamá, Panamá

Quito, Ecuador (ciudad en la que viví entre los 7 y 9 años y a la que volví 33 años después)

San Pedro Sula, Honduras

Tegucigalpa, Honduras

A comienzos de año estuve también en Arauca, Colombia, dando una conferencia por el aniversario de la Cámara de Comercio de esa ciudad.

Durante todo el año, para MateriaBiz, en Argentina estuve en:

Neuquén

Tucumán (2 veces)

Santiago del Estero

Corrientes

Córdoba

Salta

Y para ADEN estuve también en Mendoza (2 veces)

Más una pila de viajes a BA (para dar conferencias o clases, pero sobre todo para tomar aviones 🙂 ).

Y ya que estábamos seguí haciendo cálculos. Resulta que la vuelta de este año supera incluso los aproximadamente 73.500 kilómetros que hice en 2008 donde, para Sur Norte, dí la vuelta por segunda y tercera vez a EEUU (la primera había sido en 2007). Esas “giras” de 2007/2008 nos llevaron con mi querido amigo Roberto Mizrahi por:

Chicago (3 veces)

Los Angeles (3)

San Francisco (3)

Palo Alto (2)

Boston (2)

Nueva York (3)

Washington D.C. (2)

A esas visitas habría que sumarle, en distintos años:

Castro, Chile

Concepción, Chile

Santa Cruz, Bolivia (¡5 veces!)

La Paz, Bolivia

Sucre, Bolivia

Cochabamba, Bolivia

Tarija, Bolivia

Montevideo, Uruguay

Punta del Este, Uruguay

Santa Rosa, Argentina

¿Qué me ha quedado de todo esto? Recuerdos. Experiencias.

Recuerdos de gente que te hace sentir como en tu casa, aunque las comidas y el paisaje te recuerden que estás en un lugar nuevo.  De estar a 100 metros del Canal de Panamá y no poder visitarlo por no tener tiempo. Recuerdos de una granja casi en la selva, donde se crían capibaras y búfalos y de recorrerla tomando aguardiente en vasos con lucecitas. Recuerdos de volver a Quito después de más de 30 años y de no recordar nada.  Recuerdos de conferencias con militares en trajes de fajina y de aviones que aterrizan con las luces apagadas. De desayunos con papayas y ananás en terrazas frente a la piscina y de frente a los cerros cubiertos de vegetación tropical.  O de desayunar frente a un fiordo en la Patagonia del lado chileno. De volver a Barcelona y darme, esta vez sí, el gusto de comer en el mercado de La Boquería. De ver la bahía de Panamá desde el piso alto de un hotel y de tomarme un cortado de pie en Sevilla, como un paisano más.

Desde 2005 calculo que he hecho unos 250.000 km, al menos, y sin tomar en cuenta los kilómetros hechos en viajes de vacaciones.

Creo que fue mientras hacía esos cálculos y traía a la memoria esos lugares que me di cuenta que los recuerdos pueden medirse en kilómetros. Las memorias son una cinta continua en la que grabamos los registros de nuestra vida, que no es otra cosa que una historia. Nada más y nada menos.

Acabo de entender (de eso se trata este post), que en los últimos siete años escribí 250.000 kilómetros de recuerdos en mi historia personal. Este septenio (así dividen la vida en algunas religiones y filosofías), fue el de los viajes.

¿Qué otras cosas recuerdo?

Recuerdo las dos veces (una en Sucre y otra en Sevilla), en que me presentaron leyendo,  palabra por palabra, la introducción de este blog y sentí una emoción extraña.

Recuerdo cuando en uno de mis primeros viajes a Bolivia, a orillas del Titicaca, una llama casi me come un dedo.

Recuerdo el día que me peleé a los gritos con un taxista neoyorquino que me quería cobrar de más y al bajarme sentía que había domado un león.

Recuerdo la primera noche que dormí en esa ciudad y me arrullaron las sirenas de la policía y las ambulancias.

Recuerdo el día que aprendí a tomar el té con un chino en el barrio ídem de San Francisco.

Recuerdo la mañana en que estaba dando un curso y sentimos un temblor, estábamos en Concepción el epicentro del mayor terremoto en la historia de Chile y apenas dos meses después de la tragedia.

Recuerdo cuando dí una conferencia en Bogotá y uno de los anfitriones me sugirió que hiciera al comienzo un chiste sobre la soberbia de los argentinos, para ganarme al público (por supuesto, dio resultado 🙂 ).

Recuerdo el día que cumplí años en Boston y lo festejamos en la réplica del bar de Cheer´s.

Recuerdo el día que me invitaron a almorzar en el comedor de profesores de Harvard y me llamó la atención el contraste entre la informalidad americana y los camareros de guantes blancos.

Recuerdo el día que comí en el Harvard Club, pero en Nueva York, y cuando pasamos a la sala a tomar el café y vi la enorme cabeza de un elefante africano colgada de una de las paredes mientras nuestro anfitrión decía que eso no era hoy en día muy “políticamente correcto”.

Recuerdo el día que una de las leyendas del capitalismo del Silicon Valley me mostró encantado sus fotos con Fidel cuando visitó la isla en su propio avión.

Recuerdo la primera vez que entré al metro de Washington y me pareció que era un refugio nuclear.

Recuerdo la vez que, en la misma ciudad, me alojé en la casa de un vecino de este agente de la CIA que era espía de los soviéticos y sobre el que hicieron esta peli.

Recuerdo que ese vecino era indio y yo le pregunté por el nombre de un dios hindú cuya estatuilla adornaba la biblioteca y me contestó que no sabía porque él era católico 🙂 .

Recuerdo cuando miraba la famosa pista de patinaje desde una oficina del Rockefeller Center y yo deseaba que fuese época de Navidad y todo estuviese como en las películas.

Recuerdo la noche que me invitaron a cenar en Sucre y, para hacerme el valiente, pedí el plato más picante del menú pero no lo pude terminar.

Recuerdo la vez que estábamos en un hotel cinco estrellas sobre la playa en Punta del Este y todo el mundo tomaba champagne y comía bocaditos en un evento en el que se hablaba de cómo aliviar la pobreza en el mundo. Empezaba a conocer cosas que me costaba mucho entender.

Recuerdo el día en que entré en una librería en La Rambla en Barcelona y vi expuesto un libro mío. Fue un buen día 🙂 .

Todas esas cosas recuerdo. Y otras. Todas son parte del viaje de los últimos 7 años.

El viaje suele ser una metáfora muy usada para referirse a la vida y a los aprendizajes que hacemos mientras ella se desarrolla. La vida es un viaje y durante ese recorrido aprendemos y crecemos. Nos volvemos lo que somos. Lo que debemos ser.

Si lo pienso así creo que no fue casualidad que en estos últimos siete años viajara tanto. Ha sido la etapa de mi vida en que más he aprendido, aunque gran parte de ese aprendizaje haya sido resultado más de viajes interiores que de observar paisajes o culturas.

En cualquier caso, ya no soy el mismo, gracias a Dios. Y dentro de 7 años sé que también seré otro. No sé qué viajes haré ni cuántos kilómetros sumarán, pero sé que es hora de aprender otras cosas.

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