Steve Jobs: cómo funciona la mente de un genio 1


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A fines de 2011 fue difícil abstraerse del torrente de información sobre Steve Jobs que inundó todos los medios de comunicación del mundo. Aprendimos, o recordamos, que fue un hijo adoptado, que tuvo sus “años locos” en California a comienzos de los 70, que viajó a la india en un viaje espiritual, que creó una empresa que lo hizo multimillonario cuando no había cumplido 30 años y que fue despedido de la misma compañía por el hombre que había contratado para reemplazarlo.

Todos acordamos, por otro lado, en que Jobs era un genio, y pocos objetaríamos el calificativo de visionario que le prodigaron todos los que escribieron algún artículo sobre él. El asunto sobre el que no hay un acuerdo total es: ¿qué era lo que hacía de Jobs un genio? En otras palabras, ¿cómo funciona la mente de una persona así? ¿Qué había de particular o de especial en su forma de pensar que lo ponía por encima de la mayoría de nosotros?

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Algunos apuntan a su perfeccionismo, cuando no a un grado de exigencia con sus colaboradores rayano en el despotismo. Otros destacan su inconformismo con los estándares de la industria informática, su deseo de “ir más lejos”. Finalmente, un grupo tiende a poner de relevancia su perspectiva centrada en el cliente y en su experiencia con el producto, en un sector en el que dominan los enamorados de la tecnología.

Todos estos puntos son válidos en alguna medida, por supuesto. Sin embargo todos pecan de parciales. Cualquiera de nosotros podría pensar, en este momento, en más de un empresario que cuenta con alguna, o varias, de esas características y no por eso es considerado un genio creativo.

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Existe un enfoque más abarcativo que quizás sirva para explicar de un modo más satisfactorio qué era eso que tenía Jobs que lo separaba del resto. Michael Michalko llama a esta característica “pensamiento productivo” y lo define en contraposición al “pensamiento reproductivo”, que es el más familiar para la mayoría de las personas.

La definición es relativamente sencilla. Cuando se nos plantea un problema o desafío, lo que hace la mayoría de las personas es ver cómo esa situación reproduce algún problema o desafío similar que haya experimentado en el pasado. Pensamos en algo que nos hayan enseñado en la escuela o la universidad, algo que hayamos aprendido en nuestra experiencia o que nos haya transmitido otra persona a partir de su propia experiencia.

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Esto, en principio, no tiene nada de malo. De hecho, es la forma cómo funciona el sistema educativo. Se le enseña al alumno un conjunto de conocimientos y luego se lo evalúa con una serie de preguntas que apuntan a averiguar cuánto de esa información ha retenido.

El problema con este tipo de pensamiento es que tiende a generar cierta rigidez mental. En muchas situaciones (de negocios, por ejemplo), es mala idea analizar las opciones para el futuro con los lentes que nos proporcionó el pasado.

Cuando Univac inventó en EEUU la primera computadora no militar se negó a hablar con el mundo empresarial o a ofrecerles el nuevo producto ya que en su visión una computadora tenía un interés principalmente científico. Lo que habían visto hasta ese momento no los había equipado bien para detectar una gran oportunidad comercial.

La que sí vió la oportunidad fue IBM que comenzó a fabricar computadoras con fines comerciales. Sin embargo, su propia experiencia exitosa en la fabricación de grandes computadoras para empresas la incapacitó para ver la oportunidad gigantesca que había para fabricar computadoras personales. IBM, basada en el pasado, dictaminó que no existía un mercado para las computadoras personales. Entonces llegaron Apple y Jobs.

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Eso es lo que hace a un genio visionario: la capacidad de enfrentar desafíos, oportunidades o problemas de un modo que no está atado al pasado y que no está limitado en términos de las opciones, sino que las genera en gran número. Eso se llama pensamiento productivo.

El pensador productivo siempre va un paso más allá. Se pregunta de cuántas formas puede resolver un problema. Busca vías alternativas para verlo y analizarlo. Agota las opciones. Nunca se limita a preguntarse qué le enseñó alguien que pueda aplicar en esta situación.

Cuando en 1997 Jobs volvió a conducir la compañía que había creado, todos veían una empresa cerca de la bancarrota, con una exigua cuota de mercado y productos caros que no podían competir en el mercado. Jobs vio el potencial de los activos de Apple (marca, tecnología, diseño) para desarrollar una serie de productos más de electrónica de consumo masivo, que de informática. Explotó el diseño, revitalizó la marca, se volcó al mercado de la música, al de la telefonía y creó toda una generación de productos móviles que reescribieron las reglas de la competencia. Múltiples opciones para solucionar un problema y ninguna basada en el pasado.

En 1997 Jobs sabía y decía que Apple ya había perdido definitivamente la batalla de la computadora de escritorio. Por lo tanto, si hubiera analizado sus chances solamente en función del pasado y lo que éste había enseñado, probablemente no habría tomado el riesgo de volver.

Y nosotros no estaríamos todavía hoy rindiéndole tributo a su genialidad.


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