¿Para qué sirve la innovación?

La respuesta a esa pregunta varía según a quién estemos interrogando. Si la persona es un empresario es probable que la respuesta sea un conjunto de beneficios que se espera que produzca, incluyendo aumentar la rentabilidad, por supuesto.

Sin embargo, una forma común de describir los beneficios de la innovación es recurrir a una palabra clave: competitividad. La innovación sirve para hacer a una empresa más competitiva, ¿no es así? Muchos pensamos, en realidad, que la innovación sirve para todo lo contrario: para competir menos.

La innovación sirve para hacer a una empresa más competitiva, ¿no es así? Muchos pensamos, en realidad, que la innovación sirve para todo lo contrario: para competir menos.
«Desde los inicios la innovación ha sido mi forma de hacer negocios, puesto que no sé competir», solía decir Félix Brunatto, emprendedor chileno que creó, a los 71 años, Chocolates Brunatto su empresa número 25.

Y sobre productos innovadores tenía algo para decir. Los sabores de sus chocolates incluían variedades tan exóticas como ají, aceitunas, albahaca, pimienta, orégano y mostaza, entre otros. Lo importante, sin embargo, es que esa originalidad le permitió a la empresa disfrutar de un posicionamiento relativamente exclusivo en un mercado en el que abundan las ofertas de buena calidad y en el que Chile no es un productor tradicional.

Yvon Chouniard, el creador de la marca de ropa deportiva Patagonia no sólo acordaba con el concepto sino que lo decía en términos similares. «No quiero fabricar el mismo producto que otra empresa, porque entonces tendría que competir frontalmente en calidad, precio, distribución y publicidad. Es decir, todas las formas normales de vender cada vez que tienes un producto que es idéntico al de alguien». En suma, no se trata de innovar para competir mejor, sino para competir menos.

Poner en la góndola un producto igual o muy similar al de la competencia nos deja siempre expuestos a competir por los criterios anteriores, el más peligroso de los cuáles es el precio. La competencia lleva a eso, precisamente, y esa es la clave de los beneficios sociales que reporta.

Socialmente la competencia es buena, genera mejoras en la calidad de los productos y reducciones en sus precios. Es bueno que los gobiernos la promuevan y velen porque exista. Desde el punto de vista individual, sin embargo, la competencia (al menos la competencia muy intensa), no es algo tan bueno. Tiende a producir estrés, gastritis e insomnio.
El «sucio secreto» del capitalismo es que todos alabamos públicamente a la competencia. mientras tratamos secretamente de esquivarla. Cada empresa tiene una posición en el mercado situada entre dos extremos: la competencia perfecta, por un lado, y la situación de monopolio por el otro. El secreto es moverse del primer extremo hacia el segundo. Y es lógico que así sea: en competencia perfecta ni siquiera podemos fijar nuestros precios, solamente los tomamos del mercado. Nuestra rentabilidad depende sólo que cuánto podamos bajar nuestros costos y con frecuencia nos vemos obligados a reducir nuestros márgenes.
Que se entienda bien: no estoy hablando del monopolio creado por alguna regulación o por prácticas comerciales reprochables. Estoy hablando de quiénes logran producir un bien tan exclusivo o diferente que es casi único.

La innovación, en tanto forma de diferenciar nuestros productos o modelo de negocio, nos permite movernos sobre esa línea, alejándonos de la alta competencia. Quizás no lleguemos a producir un bien totalmente exclusivo o sin sustitutos, pero sí lograremos reducir los niveles de competencia que enfrentamos.

Que no se diga en voz alta no quiere decir que no sea cierto: no se innova para competir mejor, sino para competir menos.

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