De vuelta

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El sábado pasado llegué de Bolivia. Estuve casi una semana dando charlas y talleres en Santa Cruz (las fotos), Sucre y Cochabamba. Era mi primera vez en esas dos últimas ciudades y aunque estuve apenas dos horas y media en Cochabamba (lo que me deja con ganas de volver), sí pude ver un poquito de la preciosa Sucre (lo que también me deja con ganas de volver).

 

Bolivia, como tantos  otros países por estas latitudes, es una tierra de contrastes. En cinco días me moví entre las llanuras tropicales y los «valles» de 2700 metros de altura, pasando fugazmente por los más de 4.000 metros de El Alto, donde está el aeropuerto de La Paz. Fui desde el guaraní al quechua y de la arquitectura colonial de 300 años en Chuquisaca a los edificios modernos y las avenidas de Santa Cruz.

Bolivia me sigue sorprendiendo. Habiendo «conocido» (sobrevolado raudamente, en algunos casos) sus cuatro principales ciudades, aún no conozco nada del territorio amazónico (el Chapare, por ejemplo) ni los flamencos rosados y los salares gigantescos en el territorio de los Lipes. Para no hablar de Oruro y su famoso carnaval. A propósito, este último parece ser digno de visitar porque, a juzgar por lo que me cuentan, «la alegría no es sólo brasilera» 😉

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